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Debe su nombre a una leyenda que data del siglo XVIII. En este callejón vivía un rico hombre español que estaba casado con una hermosa joven de la región. Un día él le obsequió una sortija con un diamante y ella juró que siempre lo traería consigo. El hombre tenía un amigo íntimo que frecuentemente hacía visitas a la pareja y poco a poco fue haciéndose amigo también de la dama. Y luego ocurrió lo inevitable: en una prolongada ausencia del esposo, la joven y el amigo llegaron hasta el lecho y ella dejó el anillo en la mesita de noche. Tragedia total. Cuando el esposo regresó fue a visitar a su amigo y vio el anillo de su amada, lo tomó y salió raudo y veloz. Al llegar con su esposa y besarle la mano (así se acostumbraba en aquellos tiempos) confirmó sus sospechas: el anillo no estaba. Completamente encolerizado, sacó una daga y la clavó en el pecho de su mujer, y cuando ésta estaba muriendo, arrojó el anillo junto a su cadáver y abandonó el lugar para siempre.
El callejón del Diamante es, sin lugar a duda, el más conocido y transitado de Xalapa. Ubicado en pleno centro de la ciudad (se puede entrar por Enríquez o por Juárez), es un buen lugar para comer en alguna fonda (La Sopa es una opción), tomar un café, comprar chucherías con los vendedores ambulantes, ropa hippie en las tiendas o simplemente disfrutar del folclore urbano que todos los días es posible apreciar.
Esta estrecha calle se localiza en el centro de la ciudad de Xalapa; sube desde la avenida Enríquez hasta la avenida Juárez, y su nombre actual es primero de Antonio María de Rivera. En la actualidad es un turístico callejón con restaurantes, cafeterías, artesanos (los famosos hippies) y tiendas muy concurridas. Se cuentan dos leyendas sobre esta hermosa calle.
Leyenda uno: Se dice que hace muchos años había una joven hermosa que acostumbraba pasear por la callejuela hasta altas horas de la noche, llevando consigo un bellísimo y valioso diamante. En una de sus caminatas le fue robada la joya, y desde ese día la muchacha desapareció. Tiempo después, los vecinos oían transitar a alguien por allí, pero al asomarse no veían a nadie. Algunas personas que pasaban a lo lejos, llegaban a distinguir la silueta de la mujer del diamante, pero cuando se acercaban al callejón, ésta se desvanecía. Dicen que era el alma de aquella joven que confiaba en que algún día encontraría a los ladrones, y que por ello vagaba, como de costumbre, hasta muy avanzada la noche.
Leyenda dos: Otra leyenda refiere que en tiempos de la colonia, en una de las viejas casonas del lugar vivía una atractiva joven criolla de hermosura desconcertante casada con un caballero español rico y distinguido. El quería mucho a su esposa y cuando habían sido novios le obsequió una sortija con un diamante negro que según era mágico, ya que tenía el don de intensificar el amor del marido y de descubrir la infidelidad de la mujer. La muchacha había jurado a su prometido, al recibir la joya, jamás separarse de ella. El esposo tuvo un socio al que quiso como a un hermano, invitándolo siempre a su casa, para que convivieran los tres como una familia. Pero entre la dama y el atribulado amigo nació un sentimiento amoroso, que aumentaba con las diarias visitas, y aprovechando las ausencias del desafortunado cónyuge, consumaron la pasión. Cierto día, ella aprovechó un viaje de su marido para ir a casa del amante y, por razones que se ignoran (quizá la superstición), ella se quitó el anillo y lo colocó en el buró, cerca de la cama. Tal vez el apresuramiento y la zozobra, cuando salió de ahí, la alhaja fue olvidada en aquel mueble. Cuando regresó el español, guiado por una fuerza extraña, lo primero que hizo fue visitar al amigo, a quién encontró en la alcoba durmiendo la siesta. Al entrar en la habitación lo primero que vio fue el diamante negro de su esposa en el anillo. Lo tomó, salió rápidamente de ahí y se dirigió abatido a su hogar. La esposa salió a recibirlo como si nada hubiera pasado; él, al besarle la mano, confirmó la ausencia del anillo y reafirmó sus sospechas. Enloquecido, desenvainó su puñal y lo clavó en el pecho de la mujer... arrojó sobre el cadáver de la esposa el anillo de diamante negro y desapareció para siempre. La gente que habitaba por ahí, en aquel entonces exclamaba: ¡Vamos a ver "el cadáver del diamante"! Después solo decían: ¡Vamos al Callejón del Diamante!, que la tradición ha mantenido a través de varios siglos hasta nuestros tiempos.
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