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Cuentos y Leyendas, Tlaquepaque, Jalisco

Un viaje en el tiempo, las leyendas que se cuentan en el pueblo

CATEGORIA: Pueblos y Rincones

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Cuentos y leyendas populares

Pasadizos Secretos un tema muy apasionante es el de los túneles. La gente los imagina oscuros. Cree que están olorosos a lama. Los concibe húmedos. Quizá con ecos de ultratumba. Tal vez con huesos de muerto. En el mejor de los casos con tesoros milenarios. Nunca discurre que pudieran tener agua.Las casas antiguas de San Pedro tienen túneles que van de una casa a otra. Hoy la fantasía llena de magia las cabezas y tejen leyendas en su derredor. Y aunque dicen que le pueblo no se equivoca; algunas veces sí.

Si bien muchos de ellos sirvieron para otros propósitos, la mayoría fueron vasos comunicantes. Galerías filtrantes que llevan agua.Los Cuentos y turistas que nos Cuentan saborean las pláticas acerca de los túneles. Se quedan absortos cuando la conversación deriva hacia el tema. Más cuando el hábil narrador baja de la hipótesis a la mediana realidad. Y medio convence a la gente, aunque no muestre ninguno.Se dice que de la casa de don Fulano a la de Sutano hay un túnel. Que del Santuario de la Soledad al Refugio hay otro. Que de la parroquia arranca uno más a la casa del cardenal. Que de aquí a la casa de la señora Paulsen continúa el mismo.

Que existe uno que partiendo de la presidencia sale rumbo a Tonalá.Túneles van, túneles vienen, pero en la casa Histórica existe. En la casa Canela también y en otras casas por igual. Atribuyen a los túneles la salvación del obispo de Guadalajara Francisco Orozco y Jiménez, en tiempos de la Cristiada, escapó de sus captores en San Pedro. Nunca lo encontraron.Hasta ahora los túneles de San Pedro son conductos de agua subterráneos. Tienen que ver con aquel primitivo sistema hidráulico que se hizo para dotar del vital líquido a las casas veraniegas. Venían personas pudientes de Guadalajara a vacacionar por una buena temporada en esta alfarera villa.

Se tienen registros que al verse sin agua, diseñaron un sistema. Fue don Jacobo Ugarte y Loyola en 1792 el primero en atender el problema de la distribución de agua en este pueblo. Veintiún años después, el sistema requería mantenimiento, estaba en partes aterrado y el agua no llegaba con suficiencia a las casas. Los ingenieros que doscientos años después, en 1992, abrieron drenajes e hicieron otros nuevos, encontraron restos de las antiguas galerías de agua, pero ellos también los confundieron en su momento con túneles.

En uno de los jardines del Centro Cultural El Refugio hay un pozo. Tiene éste una escalinata de hierro medio mohosa. En el fondo corre agua trasparente. Una vez tocado el fondo, con al agua hasta la cintura, hay dos opciones: regresar por la escalera y salir o seguir por un especie de túnel recto, por donde el agua sigue rumbo hacia el noroeste. "El corazón empieza a dar pálpitos de emoción". Dice Carlos Gómez, empleado del H. Ayuntamiento en Prensa y Comunicación Social, quien recorrió ese espacio durante varios minutos y hasta alcanzar unos 60 metros de longitud, que al filmar el recorrido sentía asfixia y emoción. Asfixia por ir agachado, pues la oquedad no alcanza el medio metro de ancho y el metro y medio de alto y con el agua hasta la cintura; emoción de ir viendo que el angosto túnel continúa. "No es recto. Quiebra para el poniente, luego sigue al norte haciendo como una media curva, para después cambiar de rumbo completamente a más de 90 grados". Dijo que no siguió porque la oquedad se reduce y es imposible seguir. Cierto es que en El Refugio, en el patio de los desniveles, hace tiempo al querer corregir lo de un hundimiento, la tierra se hundió más.

A una profundidad de metro y medio quedó al descubierto un par de fuertes arcos, alineados a lo largo del patio, lo que hace pensar que esos, sí son pasadizos, al menos del mismo y antiguo Hospital del Refugio. Tienen descubierta sólo una porción, pero su arco de medio punto hace suponer la dimensión y ésta es más que regular.A un costado de estos arcos está en terreno construido, bajo techo, un sótano. Es la parte más baja de El Refugio. Después de bajar una escalera de material está un pequeño sótano de un metro de ancho, dos sesenta de alto y seis de fondo. Su bóveda es de cañón. Al fondo remata en un muro que parece tapón. Se muestra factible el hecho que el sótano continúe. No sigue. Dicen albañiles que trabajaron en la reconstrucción del inmueble, que ese era un túnel. Ellos recibieron instrucciones de retacarlo de escombro. Así lo hicieron.Darle vuelo a la imaginación es válido. Hay creencias que dicen que este es el túnel que empieza en el pozo del altar de la capilla de Lourdes en el santuario de la Soledad, sigue al Refugio y remata en el panteón.Don Santiago Preciado, es un hombre de más de 90 años. Toda su vida la ha pasado en San Pedro. Tiene fresca la memoria, franca la sonrisa y llena el alma de bondad. Él cuenta muchas historias, las cuales dada su cordura a prueba, no es fácil poner en duda. Son vivencias propias. Son momentos que no se olvidan porque se llevan cosidos al intelecto. Allí están, como si fueran parte íntegra del mismo don Santiago.Dice que del panteón del "Indio" al Paradero existe un túnel. Es recto, cabe una persona parada, no tiene ademe y corre una cápita de agua de 20 o treinta centímetros.

Los niños de aquellas primeras décadas del siglo XX, se metían. Todo lo cual se convertía en toda una aventura. "no había televisión; ¿en qué más nos entreteníamos? -dice don Santiago. Todo empezaba al llegar a una tumba abandonada o aparentemente saqueada. Bajaban, se encomendaban a Dios y seguían la corriente. Ni luz ni nada se veía. Solo el chapotear de los pies en el agua se oía. Unos empezaban a perder la fe y querían regresarse. "Pero desde antes hacíamos un trato: "Vieja el que se raje". El temor a ser vieja era más grande que el miedo. Después de un buen rato, salíamos al Paradero". Era una alberca que servía como vaso regulador. De ahí el agua servía para regar los campos de caña que había en la hacienda La Florida y la Constancia.Otros investigadores han de venir. Ellos tal vez den con los túneles de a deberás.

Nosotros hasta ahora seguimos pensando que los túneles de San Pedro son acueductos.El muñeco hechiceroEl pueblo de Tlaquepaque juega, y ha jugado siempre, beis bol a buen nivel. No es necesario remontarse a los viejos tiempos para saberlo. Sí es conveniente de cualquier modo conocer los inicios de ese deporte aquí.A principios del siglo XX surgió el deporte en Guadalajara. Los jóvenes estudiantes que hacían carrera en Estados Unidos trajeron la moda. Lo empezaron a jugar en los llanos del Agua Azul. Eran los hermanos Laveaga, más concretamente Arcadio y Francisco.

Después, tras los altos muros de los seminarios, el deporte florecía, pues seminaristas iban y venían al extranjero.En las llamadas "Temporadas" de San Pedro, el beis llegó aquí. Esos mismos estudiantes cuyos padres tenían casa de verano en la Villa Alfarera, trajeron la novedad al pueblo hechicero de Tlaquepaque. En 1917 se formó el primer equipo de bateadores fuera de la Perla Tapatía. Esto sucedió en San Pedro Tlaquepaque y el equipo se llamó Grey. Para entonces varias novenas de beis bol se habían formado en la capital del estado. Ya había una selección estatal.

Fue la inquietud del joven José Manuel de la Torre el origen del deporte en San Pedro. Llamó a varios jóvenes "temporaleros" y formó con ellos el Grey: cacher: Manuel Bodoque Gómez. Picher: Ignacio García Aceves. Primera base: Manuel A. Tornero. Segunda base: José María de la Torre. Tercera base: Gabriel Chato Aceves. Short stop: Javier Álvarez del Castillo. Jardineros: Rafael Talamantes, José de Jesús González y Francisco Talamantes. También jugaban: Rafael Aguilera, Agustín Borondón y Miguel Arana. Su empeño en jugar a buen nivel queda de manifiesto en el buen papel que siempre tuvieron ante equipos como: Atlas, Nacional, Alianza, Libertad y Piratas.Si el campo "El Hogón" hablara, diría de las horas de preparación en la siguiente década. Se mezclaron jóvenes oriundos del lugar que llegaron a ser excelentes peloteros. Así los hermanos Becerril, Gabriel Guaja García, Arnulfo Negro Hernández y José Beltrán, entre otros. 0Ellos terminaron por jugar sin el uniforme reglamentario.Don Rafael Talamanates llegó a platicar conmigo que las canicas, el trompo y la patola se olvidaron entre los muchachos de la época: todos jugaban beis bol. No se hablaba de otra cosa. El bat, las manillas y la bola era el centro de atención.La entrega y el entusiasmo de "la Juanada" los llevó por la senda del gane.

En 1927, diez años después, le ganaron el campeonato a Guadalajara. De ahí siguió una cadena larga de éxitos que se proyectó por varias décadas. Atribuían sus triunfos al "Muñeco hechicero". Ellos así mismos se llamaban Los Hechiceros de Tlaquepaque. Una novena muy respetable en el ámbito beibolero de aquellos tiempos. Un mono con cara hecha de caolín, como los muñecos de los ventrílocuos. Era su mascota.Fueron muchos los campeonatos. Muchos los trofeos. Todos ganados por Los Hechiceros. La región Uruapan, la región La Barca y Ocotlán, además de Guadalajara que jugaban a buen nivel, les tenían respeto. Lo más curioso. Cuando iban perdiendo, agachaban al mono y ganaban.No una, varias veces, tuvieron que agradecer al mono el favor. Al verse perdidos en un juego, ya sabían el truco. El manager iba hasta las graderías. Allí estaba el mono, sentado, muy orondo, como viendo el desarrollo del juego. El manager Agazapaba al mono y la balanza se volvía favorable para el equipo. Dice José López Martínez: "Una vez en Uruapan nos estaban ganando ocho a uno… por allá en la última entrada… uno saltó al campo y volteó al mono y entonces le metimos tremenda paliza al cubano Agustín Scull… así muchas veces." El mono hechicero era más que una mascota, era el santo de la devoción del equipo.Un día jugando con el SUTAJ, Roberto Hernández saltó al campo y se llevó al mono. Hubo estrujones, empellones y denuncia del robo, pero el muñeco nunca jamás apareció. El equipo Hechiceros perdió. Y siguió a la baja. Su rendimiento vino a menos hasta que su figura de gran beisbolero se empezó a desdibujar.

De estar en letras de oro en los santuarios del beis bol, estuvo en letras de plomo algún día, para quedar al final en el recuerdo. La dama de negro era una tarde ventosa del mes de marzo. En el barrio de Santa María todo era paz y tranquilidad cotidiana. Acaso el lejano rumor de voces infantiles, jugaban en el aire. Media docena de auras planeaban en los cielos grises y un ligero olor a carroña, traían los vientos suaves del sur, de cuando en cuando.Sentados en las gradas de la crucita vieja, un grupo de señores platicaba. El sol empezaba a languidecer y las aves emprendían el retorno a sus nidos.

Los hombres, del barro y del pincel, descansaban del duro jornal ladrillero, macetero, tubero, tejero o monero, bajo aquella sombra pronunciada de la ermita. Las pláticas se alargaban sobre el tiempo, lo duro de la vida, lo majadero de los muchachos. Chascarrillos esporádicos daban la nota alegre, pero las pláticas se concentraban sobre las familias que harían viaje a Talpa.Asombrados los parroquianos, todos cual uno, vieron por el sur aparecer una elegante dama vestida toda de negro. Tocada con sombrero alón, espigada y de buen porte, surgía de entre los breñales que crecían más allá de la calle Santos Degollado. Era un 16 de marzo. La señora seguía avanzando rumbo hacia ellos. Sus extraños atavíos le daban un toque de bella distinción, en medio de un aire siniestro. Los vaporosos encajes de su traje, su bolso, su paso acompasado, ligero y cadencioso, la hacían ver como majestad de añeja alcurnia.Los señores se empezaban a prendar de su belleza.

La cara aun no se le alcanzaba a ver, pero se notaban unos grandes ojos y una franca sonrisa. De repente y antes de hacerse más notoria, la dama volvió grupas, dio la media vuelta, se regresó. Ya no se veían sus atributos anversos sino los reversos, ambos por igual llamativos. Se alejó como vino y se perdió entre la yerba seca del campo.Más intrigados que en un principio, los caballeros fueron tras de la temporal visión. Andavete. Entre las hojarascas secas de higuera, lampotillo, mano de león, zacatones, enredaderas, ramas de mezquite, la belleza se esfumó.

Las penumbras vespertinas teñían la tarde. La noche cayó. Un silencio sepulcral mantuvo cerrada la boca de la noche. Sólo los ladridos infernales de algún can, el vuelo de algún tecolote y los cantos del gallo, fueron testigos del aleteo de la lechuza que al amanecer, se retiraba a dormir. A la mañana siguiente todo era jolgorio y alegría en el barrio. Ese día partió la peregrinación a Talpa. Salieron de Santa María en un ambiente oloroso a fe, tres camiones de esperanza. Los que no fueron con la virgen de Talpa, a trabajar se pusieron. Quienes hubo que de la esposa la ausencia aprovecharon para venerar al dios Baco. Imploraban perdón, copa en mano, por el pecado de prolongada abstinencia. Beodos y bien servidos por los equipales del parián se vieron. Al decir del tercer día, de su ebriedad prestos sanaron. La noticia era terrible: de los tres autobuses, dos regresaron.

El otro se precipitó al barranco y se llevó la vida de dieciocho de sus cuarenta ocupantes. Dieciocho cuerpos presentes en la parroquia de San Pedro recibieron la extremaunción. Una dama de negro muy elegante, como aquella del barrio de Santa María, no lloraba, no gemía. Así como apareció en la ceremonia luctuosa, así acompañó el cortejo y desapareció en el camposanto. Ni duda les cupo a todos que la dama de negro, era la muerte.

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